← Volver a libros ← Volver al libro
Descargar PDF

Yo estaba quebrada...

Atualização: 13/abr/2026
Testimonio: Rute

Hubo un tiempo en que yo conducía llorando.

No era solo un llanto silencioso. Era un llanto mezclado con rebeldía, con preguntas sin respuesta, con un dolor tan profundo que parecía apoderarse de todo. Yo había pasado por un divorcio, y eso me había quebrado por dentro. Mientras sostenía el volante, murmuraba contra Dios, reclamaba, peleaba con Él en mis pensamientos y en mis palabras. Mi corazón estaba herido, y de mi boca salían frases que nacían más de la confusión que de la verdad.

Yo preguntaba por qué el Señor había permitido que eso sucediera.

Decía que, si Él de verdad existía, podría haberme librado de aquella situación. Decía que, si realmente cuidaba de mí, no habría permitido que mi matrimonio llegara a su fin. Yo confiaba en Dios. Creía que mi matrimonio sería para siempre, como el de mis padres. Creía que Él me guardaría, que sostendría mi hogar y que impediría aquella ruptura. Y cuando todo se derrumbó, fue como si me hubiera sentido traicionada por la propia esperanza.

El dolor me había cegado.

Aquel día yo estaba en ese estado. Llorando, murmurando, desahogándome duramente con Dios, diciendo cosas que hoy sé que no eran verdad. En medio de todo eso, iba conduciendo por las calles, en un lugar donde no había señales tradicionales de alto, solo la palabra “STOP” pintada y señalizada. Y, en medio de mi tormenta interior, seguí de largo.

La policía estaba justo allí.

En cuanto avancé, la patrulla vino detrás de mí. En el coche iba conmigo mi hija. Cuando me di cuenta de que el policía se había detenido detrás de nosotras, sentí el peso de la situación. Yo ya estaba emocionalmente sacudida, y ahora aquello parecía una confirmación más, un problema más, una prueba más de que todo estaba saliendo mal.

Pero fue precisamente allí, en ese momento, cuando le dije algo al Señor.

Todavía tomada por mi arrogancia, por mi dolor y por mi atrevimiento, hablé con Dios de una manera casi desafiante: “¿Lo ve? Entonces, si de verdad me guarda, si de verdad cuida de mí, sáqueme de esta.”

Era una oración torcida.

Un clamor herido.

Una frase atravesada por la rebeldía.

El policía se acercó y me pidió mi licencia de conducir y el documento del coche. Pero, en aquella época, yo todavía no tenía licencia de conducir. La situación era seria. Yo lo sabía. Mientras trataba de sacar los documentos, alguien llamó al policía por la radio. Entonces se apartó, fue hacia la parte trasera de mi coche y se quedó allí hablando por un rato.

Mi corazón se aceleraba.

Yo no sabía qué iba a pasar.

No sabía qué iba a hacer él.

No sabía cómo terminaría aquello.

Hasta que, de repente, golpeó la parte trasera de mi coche, llamó mi atención con firmeza y me gritó que me fuera.

Eso fue todo.

Sin multa.

Sin más preguntas.

Sin llevar adelante una situación que podría haberse vuelto muy complicada para mí.

En aquel instante, todo cambió dentro de mí.

Entendí.

Entendí que Dios estaba allí.

Entendí que Él sí existía.

Entendí que Él me amaba, incluso cuando yo estaba herida, confundida y diciendo cosas injustas sobre Él.

Entendí que el cuidado de Dios no había dejado de existir solo porque mi vida no había salido como yo la soñé.

Allí, dentro de aquel coche, después de haber puesto a Dios a prueba de una manera tan equivocada, fui confrontada por Su misericordia. No por una reprensión visible. No por una condenación. Sino por una liberación tan clara, tan directa y tan inesperada que ya no podía seguir diciendo que Él no cuidaba de mí.

Nunca más dije que Dios no existe.

Nunca más dije que Él no me ama.

Nunca más dije que Él no me cuida.

Muy al contrario.

Después de aquel día, algo quedó firmemente establecido dentro de mí. Empecé a saber, y no solo a imaginar, que Dios cuida de nosotros incluso cuando estamos confundidos. Incluso cuando estamos heridos. Incluso cuando decimos lo que no deberíamos decir. Nuestro dolor puede llevarnos a decir cosas que no corresponden a la verdad. El sufrimiento puede confundir la fe, oscurecer el pensamiento y hacernos interpretar el silencio de Dios como abandono. Pero el Señor sigue siendo quien Él es, incluso cuando, a causa del dolor, no logramos verlo con claridad.

Eso fue lo que aquel momento me enseñó.

Dios fue bondadoso conmigo.

Misericordioso conmigo.

Paciente conmigo.

Aun en medio de mi ignorancia, de mi rebeldía y de mi tristeza, Él me mostró que seguía teniendo el control. Me mostró que seguía siendo Dios. Me mostró que no me había dejado sola. Y también me mostró que Su amor no depende de la perfección de mi reacción. Si dependiera de eso, yo estaría perdida. Pero la misericordia del Señor sale al encuentro incluso de Sus hijos cuando están desordenados por dentro.

Este testimonio quedó ardiendo en mi corazón.

Ni siquiera sabía exactamente para quién necesitaba contarlo, pero sentía que debía hablar. Porque siempre habrá alguien pasando por un dolor parecido, atravesando una ruptura, una pérdida, una decepción, una confusión tan grande que casi lo lleve a pensar que Dios se olvidó de él. Y no. Dios no se olvida.

Él también está presente en las horas de angustia.

A veces, Su intervención no viene de la manera que esperábamos. A veces, Él no impide el dolor que queríamos evitar. A veces, Él no conserva intacto aquello que soñábamos mantener. Pero, aun así, sigue cuidando. Sigue sosteniendo. Sigue mostrando, de maneras inesperadas, que nuestra alma sigue siendo preciosa para Él.

Eso fue lo que me sucedió a mí.

Yo estaba quebrada, pero Dios no me abandonó.

Yo estaba rebelde, pero Dios no me rechazó.

Yo estaba confundida, pero Dios no dejó de ser Padre.

En aquella liberación, simple para algunos y gigantesca para mí, el Señor respondió no solo a una situación en el camino. Respondió a mi alma. Fue como si dijera: “Yo todavía estoy aquí. Yo todavía cuido de ti. No entiendes todo ahora, pero no he dejado de ser Dios en tu vida.”

Y esa certeza cambió algo dentro de mí.

Desde entonces, he aprendido que no toda crisis es prueba de la ausencia de Dios. Muchas veces, es precisamente en medio de la crisis cuando Él se revela con mayor ternura. No para satisfacer nuestra rebeldía, sino para traernos de vuelta a la verdad. No para estar de acuerdo con nuestra revuelta, sino para mostrar que sigue siendo Padre. Un Padre real, santo, amoroso y presente.

Hoy, cuando miro hacia atrás, no veo solo a una mujer llorando al volante. Veo a una hija siendo alcanzada por la misericordia de Dios en medio de su peor confusión. Veo un corazón herido siendo visitado por la bondad divina. Veo una liberación que fue mucho más que escapar de una multa o de una complicación legal. Fue un hito, un punto de cambio, uno de esos momentos en que el cielo toca la tierra en medio de un día común y nos recuerda que el amor de Dios sigue firme.

Ese amor permanece cuando todo va bien y también cuando todo se derrumba. Permanece cuando la fe está fuerte y también cuando estamos luchando por no perderla. Dios no deja de ser Dios porque estemos heridos, confundidos o cansados. Su cuidado no desaparece solo porque el dolor intente convencernos de lo contrario.

Si alguien lee estas palabras con el corazón apretado, sintiéndose olvidado, frustrado o abandonado, quisiera decirle con toda sinceridad: tenga cuidado con las conclusiones que el dolor intenta imponer. El dolor no siempre dice la verdad. La desesperación distorsiona. La confusión lo mezcla todo. Pero Dios sigue presente, y Su cuidado puede manifestarse precisamente cuando menos lo esperas.

Yo lo viví. Y por eso ya no levanto la bandera de la duda. Hoy levanto la bandera de la honra y de la gloria al Señor Jesús, porque Él es Dios, Él cuida, Él responde y sigue presente en las horas de angustia. Incluso cuando yo estaba quebrada, Él no me abandonó.

Milagros & Gracias (Vol 1)

Milagros & Gracias (Vol 1)
Autor: GodMakes.com
Atualização: 15/abr/2026
Relatos de liberación, provisión, transformación y respuestas a la oración.
Descargar PDF
Capítulos

¡Jesús me llamó!

Testimonio: Lucas
Leer capítulo

¡El milagro del perrito!

Testimonio: Mario
Leer capítulo

Yo estaba quebrada...

Testimonio: Rute
Leer capítulo

¡Del Desespero a la Sanidad!

Testimonio: Jurandir
Leer capítulo

Cómo Dios Liberó a Mi Madre de la Adicción al Cigarrillo

Testimonio: Djeimes
Leer capítulo

¡Mi Encuentro Sorprendente con Cristo!

Testimonio: Mario
Leer capítulo

Cuando Dios me sacó de mí mismo

Testimonio: Samuel
Leer capítulo

¡Mi madre necesitaba perdonar!

Testimonio: Marineide
Leer capítulo

¡Dios me dio un coche!

Testimonio: Mario
Leer capítulo