Aquel día, ella no tenía ninguna intención de entrar en una iglesia.
Había ido a la casa de su madre, o a la casa de la abuela de los niños, como tantas veces hacían. En algún momento hubo una invitación para ir al culto, pero ella no quiso ir. El plan era simplemente volver a casa con los hijos, como en cualquier otro día. Entonces salió con ellos, tomó el primer autobús y siguió el camino. Cuando llegaron a la parada donde solían bajarse para tomar el segundo autobús, la lluvia cayó con tanta fuerza que no había manera de quedarse allí esperando. Fue entonces cuando entraron en la iglesia. No por una decisión planificada, no por deseo de participar en el culto, sino para resguardarse de aquella tormenta. Y fue así como Dios comenzó a cambiar la historia de aquella familia.

Más tarde, al recordar el episodio, el hijo percibió un detalle que antes ni siquiera había notado: ellos se bajaban allí precisamente para tomar otro autobús, y fue en ese punto exacto donde la lluvia arreció y los llevó a entrar en la iglesia. Para él, después quedó claro: Dios mandó la lluvia para hacerlos entrar. A veces Dios detiene la lluvia; otras veces, manda la lluvia. Aquel día, la mandó.
Cuando entraron, era una iglesia en campaña. Había mucha gente allí dentro, y sobre el altar había tantos paquetes de cigarrillos que la escena impresionaba. Parecía que aquella lluvia había empujado a mucha gente hacia aquel lugar. Casi como una caravana inesperada traída por Dios.
Hasta entonces, ella ya había pasado por varias iglesias y denominaciones, como quien va de un lado a otro sin realmente detenerse. Pero aquel día sería diferente. No porque estuviera buscando una respuesta, sino porque Dios estaba saliendo a su encuentro. Y, si para eso era necesario usar la lluvia, entonces Él usaría la lluvia.
Durante el culto, el pastor llamó al frente a todos los que fumaban. Les pidió que llevaran sus paquetes de cigarrillos al altar. Dijo que haría una oración y que, a partir de aquel día, no fumarían más. Ella oyó aquello y no lo creyó. Para ella, parecía imposible. Fumaba desde muy joven, alrededor de los doce años, y ya cargaba aquel vicio desde hacía más de treinta y cinco años, quizá cuarenta. El cigarrillo formaba parte de su vida. Le gustaba. No quería dejarlo. No quería rendirse. Aun así, a su lado había un niño insistiendo. El hijo la tocaba todo el tiempo, pidiéndole que fuera. “Ve, mamá. Ve, mamá.” Ella respondía que no servía de nada, que si pasaba al frente luego saldría de allí y fumaría de todos modos. Pero él no desistía. Era la fe simple e insistente de un niño.
Por fin, alguien al lado reforzó el llamado: ella debía ir, aunque solo fuera por el pedido de su hijo. Entonces decidió ir. No porque creyera plenamente, sino porque ya estaba cansada de resistir. Tomó el paquete y fue hasta el altar.
Había muchos paquetes allí, muchísimos. Casi una montaña. Cuando todos pasaron al frente, el pastor pidió que cerraran los ojos. Ella no quería cerrarlos. Todos los cerraron, menos ella. El pastor insistió. Le mandó que cerrara los ojos y llevara el pensamiento a Dios. Ella cerraba y abría, cerraba y abría, hasta que, después de tanta insistencia, decidió obedecer. Y, en ese instante, algo ocurrió. Se vio sola. Ya no había nadie cerca. Estaba delante de un escenario seco, de matorral quebrado, ramas secas, un montón de cosas resecas. Era ella y aquella sequedad delante de sí. Y, al mismo tiempo, se sentía sola, realmente sola, pero firme allí. Cuando terminó la oración y abrió los ojos, todos seguían en el mismo lugar. Entonces se asombró: si estaba sola, ¿cómo ahora estaba otra vez allí en medio de todos? No sabía explicarlo, solo sabía lo que había visto.
Después del culto, se sentó y esperó a que pasara la lluvia. Cuando la lluvia paró, salió con los niños y se fue. Pero en el camino discutió con su hijo. Dijo que ahora él cruzaría la calle para comprarle su cigarrillo, porque ella no le había mandado dejar el paquete en el altar. El niño respondió con convicción que ella no fumaría más. Ella replicó, irritada, que sí fumaría, porque él no mandaba sobre ella. Cuando llegaron a la esquina, cerca de la parada del autobús, había un bar, y ella mandó al niño a comprar el cigarrillo. Pero justamente en ese momento el bar estaba cerrado. Entonces pensó para sí misma que no había problema, porque en casa todavía quedaba un paquete.
Al llegar a casa, cuidó de los niños, los bañó, organizó lo que hacía falta, y entonces fue a hacer lo que siempre hacía: tomar café y fumar. Pero, al encender el cigarrillo y dar la primera calada, le vino un mareo tan fuerte que tuvo que parar. Lo tiró y trató de explicarse que el problema debía ser la marca. Al día siguiente volvió a intentarlo. No pudo. Le revolvía el estómago, le quemaba, le daba asco. En el trabajo incluso cambió el cigarrillo con una compañera, pensando que tal vez otra marca resolvería el asunto. Fue peor. Ella quería fumar, pero el cigarrillo ya no la aceptaba. Poco a poco, el placer se convirtió en repulsión. Y así, sin alarde, sin tratamiento, sin ningún esfuerzo humano capaz de explicarlo del todo, nunca más volvió a fumar.
Más tarde, al comentar lo que había sucedido, vino una palabra que ayudó a interpretar todo aquello. Dijeron que Dios le había dado una visión real. Aunque estuviera en medio de muchas personas dentro de la iglesia, Dios la hizo verse sola, porque en aquel momento era ella y Dios. Y aquellas ramas secas representaban aquello que Él estaba quemando en su vida y en la vida de tantas personas que estaban allí: los cigarrillos, el vicio, la dependencia, toda aquella sequedad acumulada. Dios hizo que saliera de allí ya con asco del cigarrillo, aunque sin percibir totalmente lo que estaba pasando. Tanto es así que todavía intentó obligar a su hijo a comprar más, pero la obra ya había comenzado. Cuando Dios quiere hacer algo, lo hace. Y cuando la persona está delante de su necesidad, Dios sabe exactamente qué hacer.
Años después, el hijo todavía se admiraba de detalles que él mismo no sabía. Recordaba la lluvia, recordaba el altar lleno de paquetes de cigarrillos, recordaba haber insistido con fe infantil para que la madre pasara al frente, pero no sabía de toda la lucha que ella todavía sostuvo intentando fumar en los días siguientes. No sabía, por ejemplo, que el asco ya había sido sembrado allí aquella noche. Y al oír todo de nuevo, percibió cuánto Dios había conducido cada detalle desde el principio: la salida de la casa de la abuela, el primer autobús, la parada del segundo autobús, la lluvia, la iglesia, la oración, la visión, el altar, la insistencia del niño, el asco, la liberación. Todo.
Al final, lo que aquel testimonio mostraba era más que la liberación de un vicio. Mostraba la respuesta de Dios a la oración de un hijo. Él pedía que su madre dejara el cigarrillo. Lo pedía porque la amaba. Lo pedía porque sabía, aun siendo pequeño, que aquello le hacía daño. Y Dios lo oyó. Oyó la petición simple, sincera y perseverante de un niño. La madre hasta quería continuar, pero no pudo. La voluntad de ella no prevaleció delante de la voluntad de Dios. Porque, cuando Dios decide liberar, nadie lo puede impedir.
Y así quedó grabado para siempre: aquel día, la lluvia no estorbó el camino. La lluvia fue el camino. Dios mandó la lluvia para hacerlos detenerse en el punto correcto, a la hora correcta, delante de la iglesia correcta. Mandó la lluvia para responder a la oración de un niño. Mandó la lluvia para liberar a una mujer de un vicio de décadas. Mandó la lluvia para probar que Él ama el alma, ve la necesidad y sabe exactamente cómo conducir cada paso.
Y, desde entonces, ella nunca más fumó.
