← Volver a libros ← Volver al libro
Descargar PDF

¡El milagro del perrito!

Publicación: 09/abr/2026
Testimonio: Mario

Hay experiencias con Dios que el tiempo no borra. No envejecen, no se debilitan, no se vuelven pequeñas con los años. Al contrario: cuanto más pasa el tiempo, más brillan dentro de nosotros como marcas eternas de la bondad del Señor. Y, entre tantas cosas que he vivido con Dios, hay una que permanece viva en mi memoria como si hubiera ocurrido ayer. Fue el primer milagro por el cual recurrí a Dios. Y nunca lo olvidé.

Yo todavía era un recién convertido. Mi corazón apenas comenzaba a conocer los caminos del Señor, mis pasos aún eran sencillos, mi fe todavía estaba dando sus primeros pasos, pero dentro de mí ya había algo que ardía: la certeza de que Dios era real, de que Él oía, de que Él veía, de que Él se preocupaba.

En aquellos días, yo ayudaba en la construcción de la iglesia. Todo era muy sencillo, pero había alegría en el servicio. Fui a la casa de un hermano para buscar un hierro que sería usado en la obra. Era apenas una tarea común, un momento común, un día común más. Pero Dios, en Su misericordia, suele transformar los días comunes en testimonios eternos.

Cuando llegué a la casa, vi una escena que me atravesó por dentro.

Había allí un perrito. Pequeño, frágil, indefenso. No caminaba normalmente. Solo tenía movimiento en las patas delanteras. Arrastraba su cuerpecito por el suelo, con dificultad, con limitación, con sufrimiento. Y, para aumentar todavía más el dolor de aquella escena, había otro perro que lo maltrataba, lo molestaba, como si la debilidad de aquel animalito lo hiciera aún más vulnerable a la crueldad.

Me detuve. Me quedé mirando. Y aquello me dolió profundamente.

Tal vez, para mucha gente, era solo un perro. Solo un animal. Solo una escena triste entre tantas otras de la vida. Pero, en aquel momento, mi corazón se movió a compasión. No pude simplemente mirar e irme. Había algo dentro de mí que no aceptaba ver a aquel animalito sufrir de esa manera sin al menos clamar al Señor.

Entonces, en silencio, hablé con Dios.

Lo recuerdo como si fuera ahora. Mi corazón habló antes que mis labios. Le dije al Señor algo así: “Padre, cuando un ser humano está en una situación así, todavía puede tener una muleta, una silla de ruedas, algún tipo de ayuda para moverse. Pero este perrito no tiene nada. Solo sufre. Solo se arrastra. Y todavía es maltratado. Señor, si Tú realmente estás conmigo, como dice Tu Palabra, entonces te pido, en el nombre de Tu Hijo Jesucristo: restaura la salud de este perrito. Ten misericordia de él, Padre. Compadécete de él. En el nombre de Jesús.”

Fue una oración sencilla. Sin elocuencia. Sin apariencia. Sin ninguna grandeza humana. Era apenas un corazón nuevo delante de un Dios vivo. Era solo compasión transformada en clamor. Era alguien que comenzaba a descubrir que la fe también puede derramarse sobre las cosas que el mundo considera pequeñas.

La dueña de la casa estaba lavando ropa en el lavadero. Me vio allí, por un instante, orando por el perro. Tal vez no entendió bien. Tal vez le pareció extraño. Tal vez simplemente guardó aquello en silencio. Ni siquiera yo, en aquel momento, sabía lo que Dios haría. Solo sabía que había hablado con Él.

Pero horas después — y eso todavía hoy me conmueve — horas después, no fue al día siguiente, no fue una semana después, no fue mucho tiempo después... horas después, aquel perrito estaba caminando normalmente.

Normalmente.

Como si nada hubiera pasado.

Como si Aquel que formó a todo ser viviente lo hubiera tocado con la delicadeza del cielo.

No vi apenas una mejoría. No vi apenas un alivio pasajero. Vi a Dios responder. Vi a Dios actuar. Vi a Dios mostrarle a aquel nuevo convertido que yo era que Él escucha la oración sincera, que no desprecia la compasión y que Su poder no está limitado por lo que los hombres consideran importante.

En la primera reunión de la semana, la dueña de la casa apareció en la iglesia. Lo recuerdo con claridad. Pidió una oportunidad para hablar. Y, delante de todos, contó lo que había ocurrido. Dijo que aquel hombre que había estado en su casa — sin siquiera decir mi nombre — había visto a su perrito arrastrándose, había orado por él, y que pocas horas después el animal ya estaba caminando como si nunca hubiera sufrido aquel mal.

Cuando oí eso, me derrumbé.

Comencé a llorar delante de Dios.

No era orgullo. No era vanidad. No era la sensación de haber hecho algo grandioso. Era exactamente lo contrario. Era el peso santo de darme cuenta de que Dios me había escuchado. De que el Dios eterno, el Dios de los cielos y de la tierra, el Creador de todas las cosas, había inclinado Sus oídos a una oración sencilla nacida de la compasión.

Lloré porque, en aquel momento, entendí profundamente que Dios nos oye.

Él nos oye.

Él nos oye cuando nos compadecemos. Él nos oye cuando intercedemos. Él nos oye cuando no buscamos aparecer, sino simplemente amar. Él nos oye cuando nuestro corazón se mueve por el dolor del otro, ya sea ese otro una persona o incluso un pequeño animal indefenso sufriendo delante de nuestros ojos.

Ese fue el primer milagro que presencié de una manera tan personal en mi caminar con Dios. Y, de cierta forma, fue allí donde mi fe comenzó a aprender a caminar.

Después de eso, algo cambió dentro de mí. No porque empecé a sentirme especial, sino porque empecé a entender, con más convicción, que todo es posible para el que cree. Empecé a ejercitar mi fe con más valentía, más reverencia, más dependencia. La oración dejó de ser solo una enseñanza bonita y se convirtió, para mí, en una realidad viva, poderosa y concreta.

Aquel perrito curado se convirtió, dentro de mi historia, en una marca de la ternura de Dios.

Hay quienes creen que Dios solo se preocupa por grandes eventos, grandes causas, grandes nombres, grandes púlpitos. Pero yo aprendí aquel día que Dios también se revela en las escenas pequeñas, en los patios sencillos, en los encuentros improbables, en los detalles que casi nadie nota. Él se manifiesta donde hay fe. Él se manifiesta donde hay misericordia. Él se manifiesta donde hay un corazón dispuesto a creer.

No me olvido del nombre de aquella mujer: Paula. Tampoco me olvido de la forma en que habló en la iglesia. Tampoco me olvido de lo que sentí. Tampoco me olvido de las lágrimas. Porque, en aquel día, no fue solo un perro el que volvió a caminar.

En aquel día, un nuevo convertido aprendió que su oración llegaba al cielo.

En aquel día, entendí que Dios no está distante.

En aquel día, vi que el Señor sigue siendo un Dios de milagros.

Y desde entonces, cada vez que la vida intenta endurecer mi corazón, cada vez que la rutina intenta enfriar mi fe, cada vez que el cansancio intenta hacerme pensar que estoy orando en vano, regreso a ese momento. Regreso a aquella casa. Regreso a aquel patio. Regreso a aquel perrito arrastrándose. Regreso a aquella oración sencilla. Regreso a aquel culto. Regreso a aquellas lágrimas.

Y recuerdo, una vez más, que Dios oye.

Oye el clamor sincero.

Oye la fe sencilla.

Oye la compasión verdadera.

Oye el corazón quebrantado.

Ese fue el primer milagro que nunca olvidé.

Y quizás nunca lo olvidé porque, en el fondo, no se trataba solo de la sanidad de un animal.

Se trataba del momento en que Dios me mostró, de una manera inolvidable, que Él estaba conmigo.

Milagros & Gracias (Vol 1)

Milagros & Gracias (Vol 1)
Autor: GodMakes.com
Atualização: 15/abr/2026
Relatos de liberación, provisión, transformación y respuestas a la oración.
Descargar PDF
Capítulos

¡Jesús me llamó!

Testimonio: Lucas
Leer capítulo

¡El milagro del perrito!

Testimonio: Mario
Leer capítulo

Yo estaba quebrada...

Testimonio: Rute
Leer capítulo

¡Del Desespero a la Sanidad!

Testimonio: Jurandir
Leer capítulo

Cómo Dios Liberó a Mi Madre de la Adicción al Cigarrillo

Testimonio: Djeimes
Leer capítulo

¡Mi Encuentro Sorprendente con Cristo!

Testimonio: Mario
Leer capítulo

Cuando Dios me sacó de mí mismo

Testimonio: Samuel
Leer capítulo

¡Mi madre necesitaba perdonar!

Testimonio: Marineide
Leer capítulo

¡Dios me dio un coche!

Testimonio: Mario
Leer capítulo