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¡Mi Encuentro Sorprendente con Cristo!

Publicación: 09/abr/2026
Testimonio: Mario

Hay cosas que solo entendemos muchos años después.

En el momento, las llamamos casualidad, susto, libramiento, coincidencia o una etapa difícil. Seguimos viviendo, tropezando, corriendo, tomando decisiones sin pensar demasiado, intentando disfrutar la vida de la manera que nos parece mejor. Pero llega un momento en que todo empieza a encajar, como piezas que estuvieron esparcidas sobre una mesa durante mucho tiempo. Y entonces nos damos cuenta de que Dios ya estaba allí, mucho antes de que percibiéramos Su presencia.

Cuando miro mi historia, eso es exactamente lo que veo.

Yo no fui un hombre que creciera buscando a Dios con sinceridad. No. Durante muchos años viví a mi manera. Quería disfrutar la vida. Quería seguir mis impulsos, mis deseos, mi propia voluntad. Ya había oído a gente hablarme de Jesús, ya me habían predicado, ya me habían aconsejado, pero todo eso me entraba por un oído y me salía por el otro. Mi corazón estaba endurecido. No tenía interés. Pensaba que tenía tiempo. Pensaba que podía vivir a mi manera y ya está.

Era joven, llevaba poco tiempo casado, y tenía la mentalidad de quien se siente fuerte, dueño de sí mismo, señor de sus propios pasos. Yo no lo sabía, pero una mano de misericordia ya me acompañaba a lo largo de todo el camino.

Un día, sin planear nada correctamente, cuatro amigos y yo decidimos ir a Río de Janeiro para ver el partido entre Brasil y Argentina en el Maracaná. Todo fue por impulso. Ya era cerca del mediodía cuando se nos metió esa idea en la cabeza. Almorzamos, tomé mi coche, metí a los muchachos y nos fuimos. No le avisé a mi esposa. No le avisé a nadie. Simplemente fui.

Hoy, cuando recuerdo eso, veo lo irresponsable que fui. Pero en aquella época, yo llamaba a eso libertad.

Llegamos a Río, vimos el partido, vimos a Brasil vencer a Argentina 2 a 1, y salimos de allí llenos de la emoción del momento. El estadio todavía resonaba dentro de mí. La alegría del partido, la adrenalina del viaje, aquella sensación de juventud e invencibilidad. Pero bastó un instante para que todo cambiara.

En el camino hacia la Playa de Botafogo, había una obra en la calle. Una gran placa de acero cubría un agujero en el asfalto. Un camión pasó delante de mí, movió aquella placa, y yo golpeé justo la punta de ella. El impacto fue fuerte. El eje del coche se dobló. La rueda delantera quedó deformada. El coche casi no podía andar. Yo todavía no lo sabía, pero aquella noche sería mucho más que un problema mecánico. Dios me estaba rodeando de una manera que yo no entendía.

Ya era casi medianoche cuando nos detuvimos. Fuimos a comer algo, tratando de pensar qué hacer. Me comí una hamburguesa. Algo común, simple, sin importancia. Pero poco después, fui golpeado por un dolor que nunca había sentido en mi vida.

Era un cólico terrible. Un dolor violento, de esos que no dejan a la persona ni de pie, ni sentada, ni acostada. No había posición que aliviara. Mi cuerpo se retorcía y yo me sentía completamente dominado por el sufrimiento. Buscaba ayuda como un hombre perdido, caminando sin saber bien adónde ir, intentando encontrar a alguien que me socorriera. No era solo un dolor físico. Era como si toda mi autosuficiencia estuviera siendo aplastada en aquella acera.

Terminé en el Hospital Miguel Couto. Pasé la noche allí, siendo medicado, recibiendo suero, tratando de soportarlo. Al mismo tiempo, mi mente estaba atrapada en el coche averiado, en el dinero que no teníamos para la reparación, en el trastorno del viaje y en el miedo de lo que aún vendría. Todo era confusión, dolor, desgaste y preocupación.

Al día siguiente, todavía intentamos resolver lo del coche. La reparación salió cara. El dinero era escaso. Regresamos a São Paulo como pudimos. Mi cuerpo sufría y el coche también sufría sobre el asfalto. El viaje fue largo, arrastrado, doloroso. Parecía que nada cooperaba. Parecía que todo estaba fuera de lugar.

Al día siguiente, fui internado en un hospital de Santo André.

Y fue allí, en una habitación de hospital, donde Dios comenzó a tocarme de una manera silenciosa.

A mi lado había un hombre llamado João. Era evangelista y también estaba internado, esperando una cirugía de vesícula. Durante aquellos días, empezó a hablarme de Jesús. No con arrogancia. No con dureza. No con presión. Hablaba con convicción, con sencillez y con la paz de quien realmente conocía lo que estaba diciendo.

Yo escuchaba.

En aquella habitación no tenía adónde huir. Y tal vez eso era exactamente lo que yo necesitaba: parar. Parar de correr. Parar de inventar distracciones. Parar de creer que el mundo giraba en torno a mis deseos. En aquella habitación, entre medicinas, silencio, dolor y espera, fui escuchando el evangelio.

Durante cuatro días, aquel hombre me habló de Jesús.

El día en que iba a ser operado, antes de salir para la cirugía, me miró y me dijo que quería hacerme un llamado. Me preguntó si quería aceptar al Señor Jesús como mi único y suficiente Salvador. Yo respondí que sí.

Me arrodillé. Él también se arrodilló. Puso su mano sobre mi cabeza y oró. Le pidió a Dios que escribiera mi nombre en el libro de la vida. En aquel instante, acepté a Jesús.

Pero lo que ocurrió después muestra cuán lento puede ser el corazón humano para comprender las cosas de Dios.

Salí del hospital y seguí con mi vida casi de la misma manera. Como si aquella oración hubiera sido solo un momento. Como si aquella decisión no exigiera de mí una entrega verdadera. Yo había dicho sí, pero todavía no había sido quebrantado de verdad. Mi boca se había abierto, pero mi corazón aún necesitaba ser alcanzado en profundidad.

Y entonces el tiempo pasó.

Pasaron veinte años.

Veinte años de altibajos. Veinte años de caídas y recomienzos. Veinte años de luchas, errores, dureza, experiencias, días buenos y días amargos. Veinte años en los que seguí viviendo sin darme cuenta de que Dios nunca había desistido de mí. Tropezaba, me levantaba, seguía adelante, recibía golpes de la vida y también hería a otros con mis malas decisiones. Era una existencia marcada por los excesos, la superficialidad y el vacío, aun cuando por fuera todo pareciera normal.

Pero Dios no me perdió de vista.

Hasta que un día me invitaron a participar en una reunión en una casa. Había una mujer haciendo una campaña de oración por causa de sus hijos, que estaban metidos en las drogas. Era una reunión sencilla, en una casa común, de esas que muchos quizá considerarían demasiado pequeñas para recibir algo grandioso. Pero Dios no depende de la imponencia de un lugar para manifestar Su presencia.

Fui.

Cuando llegué, no entré enseguida. Me quedé afuera, cerca de la ventana. Observando. Un poco desconfiado, un poco curioso, sin imaginar que aquel sería el día más importante de mi vida.

La casa estaba llena. Había hermanos reunidos, gente orando, gente buscando a Dios. En cierto momento, una mujer empezó a cantar. Y fue allí donde algo sobrenatural ocurrió delante de mis ojos.

Lo vi.

Vi con mis propios ojos una especie de nube blanca saliendo de los labios de aquella mujer mientras cantaba. Se movía por el ambiente, flotaba en el aire, pasaba entre las personas, como un humo suave y vivo. Yo veía aquella neblina blanca entrando por un lado, saliendo por el otro, circulando entre la gente. No era imaginación. No era solo emoción. Yo lo vi. Y al verlo, empecé a sentir una presencia tan fuerte, tan diferente, tan santa, que algo dentro de mí empezó a rendirse.

Era como si el cielo me estuviera diciendo: “Presta atención. Yo estoy aquí.”

Mi corazón empezó a abrirse, no por la lógica, sino por la realidad de la presencia de Dios. Y poco después vino el golpe final de la gracia.

Cuando la mujer terminó de cantar, el predicador tomó la palabra e hizo un llamado. Pero no era un llamado común. Empezó a hablar de acontecimientos de mi infancia. Cosas que nadie allí conocía. Cosas que yo nunca había contado a aquellas personas. Cosas escondidas en el fondo de mi memoria, guardadas toda la vida.

Dijo que, cuando yo era niño, Dios me había librado de morir ahogado.

En ese mismo instante, la escena volvió completa a mi mente.

Yo tenía unos cuatro años. Detrás de la casa de mi padre había un lago. Estaban rellenando aquel lugar con tierra, y yo, solo, fui hasta la orilla. Empecé a empujar la tierra con los pies, imitando un tractor. Los niños hacen eso: juegan sin medir el peligro. De repente, caí al agua. Me hundí. Recuerdo aquella desesperación infantil, aquella impotencia. Y también recuerdo algo que nunca pude explicar humanamente: fue como si el agua me empujara de vuelta hacia arriba. Como si una fuerza me levantara. Como si una mano invisible me guiara hasta un tronco en la orilla, donde logré agarrarme y salir. Llegué hasta mi madre empapado, llorando, y ella me abrazó conmocionada.

Años después, en aquel culto, aquel hombre habló exactamente de ese libramiento.

Después habló de otro episodio. Dijo que, cuando yo tenía siete años, Dios me había librado de morir atropellado.

Y otro recuerdo se abrió dentro de mí.

Yo volvía de la escuela con un compañero, jugando en la acera. En una de esas bromas, él me empujó, y fui lanzado a la calle justo cuando venía un coche a gran velocidad. El conductor logró esquivarme por muy poco. Fue una fracción de segundo entre la vida y la muerte. El susto fue tan grande que me oriné encima. Nunca olvidé aquella escena. Nunca.

Y aquel hombre, en aquella reunión, dijo eso delante de todos.

Ya no quedaba ninguna duda. No había explicación natural que sostuviera lo que estaba ocurriendo. Dios me estaba hablando. Dios estaba rasgando el velo de mi incredulidad. Dios me estaba mostrando que, aun cuando yo vivía lejos, Él ya me había guardado desde la infancia. Yo no era un olvidado. No era un accidente ambulante. Era un hombre alcanzado por misericordias antiguas.

En aquel instante, todo se derrumbó dentro de mí.

El predicador me preguntó si quería aceptar a Jesús. Y allí mismo, todavía afuera, con el corazón ya quebrantado, respondí que ya Lo había aceptado hacía mucho tiempo, pero que no sabía que Él estaba allí de aquella manera, tan real, tan presente, tan vivo.

Cuando dije eso, me invadió un llanto que no venía solo de los ojos. Venía del alma. Un llanto de reconocimiento. Un llanto de rendición. Un llanto de quien finalmente entiende que nunca fue fuerte por sí mismo. Que no controló nada. Que vivió años enteros sostenido por una gracia que nunca mereció.

La gente vino, me tomó del brazo y me llevó adentro. Yo lloraba como un niño. Me abrazaban, oraban por mí, me rodeaban de amor. Pero en aquel momento ya casi no percibía a nadie más. Porque, por encima de todo, yo había percibido la realidad de la presencia de Cristo.

Aquel día entendí que mi encuentro con Jesús no había comenzado en aquel culto. Ni en la habitación del hospital. Ni en mi juventud. Mi encuentro con Jesús venía siendo preparado desde mi infancia. En los libramientos. En los accidentes. En los dolores. En las malas decisiones. En los desvíos. En los sufrimientos. En las misericordias escondidas. En cada vez que escapé de la muerte sin saber por qué. En cada vez que fui preservado aun viviendo sin temor.

Él ya estaba allí.

Yo era quien todavía no lo había entendido.

Hoy, cuando recuerdo esta historia, mi corazón se llena de temor y gratitud. Porque me doy cuenta de que Dios no desistió de mí ni siquiera cuando yo vivía como si no Lo necesitara. Él me vio en el lago. Él me vio en la calle. Él me vio en el coche averiado. Él me vio en el hospital. Él me vio durante esos veinte años de distancia. Y, en el momento justo, me llamó por mi nombre.

Fue un encuentro sorprendente, sí.

Pero para Dios no fue sorpresa alguna.

Era el día que Él ya había señalado desde el principio.

Milagros & Gracias (Vol 1)

Milagros & Gracias (Vol 1)
Autor: GodMakes.com
Atualização: 15/abr/2026
Relatos de liberación, provisión, transformación y respuestas a la oración.
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