Internet es un invento admirable. Sin embargo, ante mi pantalla he visto un torbellino de querellas, chismes y habladurías. Dios mío, ¡cuánta energía gastada para herir! Lo que más me duele es ver a líderes renombrados, que podrían estar hablando del Reino y bailando la música del Evangelio, ocupados en manchar la imagen del prójimo. Y me pregunto: ¿quién es mayor, quién es menor en el Reino de los cielos? Mateo 11:11 resuena en mi conciencia y me llama a la sobriedad.
Hablo con el corazón apretado, porque ya tendí la mano a algunos de esos pastores—y tuve que apartarme cuando vi que sus errores comenzaban a separar a las personas. Esto perjudica al Evangelio. En vez de juntar a los polluelos bajo el ala, como dijo Jesús, dispersan. La Palabra es clara y tajante: ay de aquel por quien viene el escándalo. El escándalo hiere, confunde, desgarra el testimonio y empuja a los frágiles lejos del abrigo.

Veo en esto un trazo profético. No me sorprende leer, después en Mateo 24, que llegarían días así con sus dolores, frialdad y engaños. Y para colmo, muchas de nuestras peleas tienen sesgo político. Pero Jesús se esquivó de la política terrenal; quisieron convertirlo en libertador del yugo romano, y Él mostró que el Reino de Dios es otra cosa—no es de este mundo.
Cuando quienes se llaman pastores se enredan en eso, pierden el foco del llamado. Romanos 13 me recuerda: toda autoridad ha sido constituida por Dios, sin importar quién sea la persona. Dios pone allí a quien quiere. ¿Mi papel? Orar para que gobiernen bien. Si no valen, rendirán cuentas a Dios—como cualquier pastor rendirá cuentas de lo que hace con lo que recibe. No me toca juzgar el corazón; a cada uno le corresponde presentarse ante el Juez Justo. Si hace lo correcto, será aceptado; si hace lo malo, el pecado está a la puerta. Aun así, Dios es bueno y ofrece la oportunidad de arrepentirse, de volver y hacer lo correcto.
Por eso insisto: vale la pena regresar. Regresar a la Palabra. Regresar a la comunión. Reconocer cuando nos aventuramos por un camino que no era bueno, cuando traspasamos límites—y arrepentirnos. Oigo de nuevo la advertencia del Maestro: dejen que los muertos entierren a sus muertos. Yo quiero seguir al Viviente.
Al final, la pregunta que me atraviesa es simple y cortante: ¿estoy juntando o esparciendo? En la red y fuera de ella, que mis palabras sirvan para reunir bajo las alas de Cristo; que mi tiempo se gaste anunciando el Reino; que mi vida baile la música del Evangelio. Que yo no sea tropiezo, sino señal de paz. Que cada uno haga su parte—y que la nuestra sea amar, orar, servir y juntar.
