En la vida, aprendí que casi todo el mundo se apasiona por algo. Unos se enamoran de un sueño antiguo. Otros se entregan a una profesión, a una conquista, a un proyecto, a un ideal. Hay quienes llevan en el pecho el deseo de vencer, de construir, de llegar más lejos. Y para todo eso, siempre hay un precio. Siempre hay renuncia. Siempre hay esfuerzo. Nadie alcanza aquello que ama sin, de alguna manera, sufrir por ello.

Pensando en eso, mi corazón fue atravesado por una verdad que yo ya conocía, pero que, una vez más, me quebrantó profundamente: la pasión también habla de Cristo.
Cuando miro a Jesús, entiendo que la pasión no es solo entusiasmo. No es solo gusto. No es solo emoción. La pasión también es entrega. Es sacrificio. Es dolor soportado por amor. Cristo no fue a la cruz porque fuera fácil. No se entregó porque no hubiera costo. Se entregó porque nos amó hasta el fin. Y ese amor no fue teórico, ni poético, ni distante. Ese amor sangró. Ese amor sufrió. Ese amor se dejó herir para alcanzarme.
Cada vez que pienso en esto, algo dentro de mí se queda en silencio.
Porque, delante de la pasión de Cristo, muchas de mis excusas se vuelven pequeñas. Delante de lo que Él soportó por amor, muchas de mis ausencias se vuelven difíciles de justificar. Delante de la cruz, mi comodidad pierde fuerza. Mi cansancio, mis distracciones, mis prioridades tan fácilmente confundidas, todo esto queda delante de una pregunta inevitable: ¿qué es, al final, lo que ha estado gobernando mi corazón?
Tuve que reconocer que seguir a Cristo no puede ser tratado como un detalle encajado en el tiempo que sobra. No puede ser una práctica sin alma, una formalidad religiosa, un hábito mantenido solo cuando conviene. Amar a Cristo exige respuesta. Exige movimiento. Exige presencia. Exige decisión.
Y tal vez sea exactamente ahí donde muchos de nosotros estamos fallando.
Vivimos días en los que hay pasión para casi todo, menos para Dios. Hay energía para perseguir metas, para defender preferencias, para alimentar deseos, para invertir tiempo en lo que satisface la carne, la vanidad o los planes terrenales. Pero cuando se trata de buscar la presencia del Señor, de cultivar la comunión, de detenerse para oír Su voz, de compartir la Palabra, de ofrecernos con sinceridad delante de Él, entonces aparecen el desánimo, la demora, la distracción y la frialdad.
Eso me entristece.
Me entristece porque revela cuánto podemos acostumbrarnos a lo que es santo. Cuánto podemos tratar lo eterno como si fuera opcional. Cuánto podemos olvidar que no somos sostenidos por nuestra propia fuerza ni salvados por nuestros propios méritos. Todo lo que tenemos, todo lo que somos, todo lo que esperamos depende de la gracia. Y aun así, muchas veces vivimos como si Cristo pudiera esperar.
Pero Él no nos llamó a una fe tibia.
Él nos llamó al amor. Y el amor, cuando es verdadero, se manifiesta. El amor se entrega. El amor se mueve. El amor responde. Quien ama, comparece. Quien ama, da prioridad. Quien ama, permanece. No porque esté tratando de comprar la salvación, sino porque fue alcanzado por ella. No porque quiera parecer espiritual, sino porque fue quebrantado por el amor de Dios.
Por eso no puedo mirar la comunión entre hermanos como algo pequeño. No puedo tratar los momentos de búsqueda, oración y Palabra como una agenda cualquiera. Hay algo santo cuando vidas se reúnen en el nombre de Jesús. Hay algo poderoso cuando los corazones se abren a la verdad. Hay algo vivo cuando uno habla, otro escucha, otro comparte, otro aprende, otro es fortalecido, y todos, de alguna manera, son visitados por Dios.
Esto no es un juego. Esto es espiritual. Esto es sagrado.
Y quizás alguien que lea estas palabras nunca haya participado de un momento así. Quizás nunca haya entendido que, detrás de una reunión sencilla, de una oración compartida, de una Palabra repartida con sinceridad, existe un mover invisible, pero real, de Dios. Hay consuelo siendo derramado. Hay corrección siendo sembrada. Hay fe siendo reavivada. Hay vida brotando donde antes solo había rutina.
Pero también sé que muchos se alejan poco a poco. No de una sola vez, sino en pequeñas ausencias. En aplazamientos discretos. En justificaciones repetidas. En prioridades invertidas. Y cuando se dan cuenta, ya no arden como antes. Todavía conocen el lenguaje de la fe, todavía recuerdan las verdades del Evangelio, todavía guardan alguna memoria de la presencia de Dios, pero el corazón ya no late con la misma entrega.
Por eso, esto no es solo un recuerdo. Es un llamado.
Es un llamado para que yo mismo despierte. Para que vuelva a tomar en serio aquello que el cielo toma en serio. Para no banalizar la cruz. Para no esconderme detrás de la prisa, del cansancio o de la indiferencia. Para recordar que Cristo no me amó a medias, no se entregó a medias, no sufrió a medias.
La pasión de Cristo por mí fue completa.
Entonces mi respuesta no puede ser fría.
Quiero que mi vida diga que valió la pena. Quiero que mis decisiones digan que valió la pena. Quiero que mi presencia, mi entrega, mi disposición para buscar, oír, compartir y permanecer digan que el sacrificio de Jesús no pasó delante de mí en vano. Quiero amar no solo con palabras, sino con decisión. Quiero levantarme cuando sería más fácil quedarme quieto. Quiero acercarme cuando sería más cómodo ausentarme. Quiero vivir una fe que no sea solo confesada con los labios, sino confirmada en la manera en que elijo estar delante de Dios.
Porque, al final, la pasión es una elección.
Y necesito elegir, todos los días, si mi corazón todavía pertenece a Aquel que escogió sufrir por amor a mí.
