Me veo en el ladrón de la cruz. Reconoció que merecía estar allí. Yo también he cargado culpas que no caben en ningún bolsillo. Pero él hizo algo que lo cambió todo: levantó los ojos a Jesús y dijo: 'Señor, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino.'
Nadie sabía con exactitud lo que había hecho. Su pasado era un desierto de errores sin subtítulos. Pero bastó un reconocimiento, una confesión sin maquillaje, para que la respuesta del Cielo bajara como una promesa eterna: 'Hoy estarás conmigo en el Paraíso.' Qué maravilla.

¿Qué causó el cambio? No fue un currículo religioso. Fue arrepentimiento. Fue admitir: 'Me equivoqué.' Un corazón así abre paso donde no hay camino.
Conozco la voz del orgullo. Se traba, justifica, divaga, hace discurso: 'lo que pasa es que...' — y no cede. Pero ante la cruz no hay escenario para nuestro ego. No somos nada. Nacemos desnudos y desnudos volveremos. Todo aquí es del Señor.
Cuando cae el orgullo, entra la gracia. Así fue con el ladrón; así es conmigo, así es contigo. No es tarde mientras hay aliento. Una mirada sincera a Jesús, una súplica verdadera, y lo imposible se abre.
Hoy elijo el camino de la rendición. Dejo el orgullo, suelto la codicia, y digo con el corazón quebrantado: 'Señor, acuérdate de mí.' Él sigue respondiendo con la misma misericordia: 'Hoy estarás conmigo en el Paraíso.'
