Aprendí algo antiguo que encendió mi corazón. Entre los judíos, en las bodas, el novio y la novia no se encontraban de antemano. Para preparar el corazón de ella, el mejor amigo del novio iba a ver a la novia. Se sentaba, la miraba a los ojos y decía: “Tu novio es así. Él te tratará así.” Con palabras, ese amigo pintaba el rostro del novio en el corazón de la novia. Su papel no era brillar ni conquistar; era lograr que ella se enamorara del novio contándole quién era él.
Cuando entendí esto, todo dentro de mí cobró sentido: Jesús es el Novio, la Iglesia es la novia, y el pastor es el mejor amigo del Novio. El llamado del pastor es simple y sagrado: hablar de las maravillas de Jesús, contar Su hermosura, Su gracia y Su carácter hasta que la novia suspire de amor por Él. El verdadero amigo se desvanece detrás del mensaje; no compite con el Novio, no exige aplausos, no toca trompeta para sí. Siempre señala a Alguien más grande que él mismo.

Pero hay un peligro que me hace temblar: cuando el amigo se enamora de la novia y atrae la gloria para sí. Cuando la atención que debería subir al Novio se detiene y se acumula en el pecho del amigo, algo se corrompe. La apariencia puede ser de oveja, la voz puede sonar mansa, pero por dentro crece un lobo rapaz. Así aparecen los falsos profetas: a veces comienzan queriendo honrar de verdad al Novio, pero con el tiempo se enamoran de la novia, codician su afecto y se pierden. Robarle la novia al Novio es robar una gloria que nunca nos perteneció.
Ante esto, elevo una oración que me atraviesa: Señor, no me dejes ocupar Tu lugar en el corazón de nadie. Si mis palabras no aumentan el amor de la novia por Ti, que prefiera el silencio. Si mis pasos no conducen a Ti, que cambie de camino. Quiero ser solo el amigo del Novio: el que habla, señala y desaparece, para que el Novio aparezca.
Y a ti, que lees estas líneas, te digo con cuidado y amor: no te enamores del amigo. El amigo tiene límites; el Novio no. El amigo puede fallar; el Novio no. El amigo es un puente; el Novio es el destino. Si alguna voz te deja más impresionado con el mensajero que con Aquel de quien se habla, desconfía. El verdadero amigo del Novio hace que salgas de la conversación pensando menos en él y mucho más en Jesús.
Hoy elijo mi lugar. No quiero ser ídolo, ni referencia, ni centro; quiero ser una flecha. Quiero que, al final, baste decir: “Mira a Él.” Porque solo el Novio merece a la novia; solo Él merece la gloria; solo Él es digno del amor que salva, sana y nos mantiene en pie. Que la Iglesia, la novia amada, guarde el corazón para Jesús. Que los pastores, amigos del Novio, permanezcan fieles al encargo de hablar de Él. Y que todo aplauso llegue al lugar correcto: a las manos de Aquel que es, y siempre será, el Novio.
