Anoche, viajando con mis hijos y algunos de sus amigos, nos sentamos alrededor de una pequeña fogata. Una brisa suave hacía danzar las llamas y, allí, en ese círculo sencillo, la vida abrió una puerta. Se acercó un muchacho, luego otro y otro más. La conversación comenzó tímida, pero pronto el Evangelio encontró espacio entre nosotros.
Le pregunté a uno de ellos si era cristiano. Negó con la cabeza y dijo que no. Pregunté por sus padres. Me contó que nunca había hablado de Dios con su familia. Mencionó, con incertidumbre, que su madre quizá fuera budista. Quince años y un silencio entero sobre Dios. Me dolió. Entonces pregunté: “¿Has oído hablar de Jesús?” Sonrió de medio lado y dijo algo que me alcanzó hondo: “Nicolás nos habla de Jesús.” Mi hijo. Bendita semilla plantada en los pasillos de la escuela y la amistad.

Compartí mi testimonio. Hablé de lo que Dios ha hecho en mí desde niño, de mis caídas, de la autosuficiencia que me pesaba en el pecho, del encuentro con la gracia que me desarmó. Yo hablaba y ellos pedían: “Cuenta más.” Y sentí al Espíritu abriendo caminos donde antes solo había curiosidad.
En un momento, ya cansado de narrar, le pedí a mi hijo que siguiera la historia desde el principio: “Hijo, empieza con Abraham.” Nicolás, que había devorado las Escrituras con ojos atentos, comenzó: Abraham, Moisés, Isaac… Recorrió la narrativa sagrada hasta llegar a Jesús. Luego mencionó, desde la perspectiva de un amigo musulmán ausente esa noche, a un ángel y un mensaje dado a Mahoma. Allí, en silencio, me di cuenta de que mi hijo repetía con sinceridad lo que había oído de su amigo. Fue una oportunidad de oro, no para el enfrentamiento, sino para la claridad. Expliqué con calma las diferencias entre la Biblia y el Corán, la singularidad de Jesús y la belleza de las profecías cumplidas a lo largo de muchos autores y muchos siglos. No para disminuir a nadie, sino para exaltar la fidelidad de Dios revelada en las Escrituras y la centralidad de Cristo.
La fogata crepitaba mientras veía sed en sus ojos. Les pregunté si querían que continuara. “Habla más.” Y seguí. Hablé de la oración. Le pregunté a uno de los chicos si alguna vez había orado. Dijo que lo intentó una vez, hace tres años, y allí quedó. Le dije: “Cuando te acuestes esta noche, habla con Dios. Pídele que abra tus ojos. Pero pídeselo creyendo. Dios no es una prueba; es Padre. Si el corazón está abierto, Él habla: a veces con una voz, si quiere; otras, por medio de personas, por los detalles que Él teje en nuestro día. Él habla.” Y me miraron con ese asombro hermoso de quien quiere creer y está descubriendo cómo.
También hablamos de decisiones. De principios. De drogas, tentaciones y el fácil encanto de las promesas vacías. Repetí lo que llevo como cicatriz y aprendizaje: todo parece permitido, pero cada acto tiene consecuencias. No porque Dios no nos ame, sino porque es justo y nos quiere enteros. Un error puede encadenar el alma durante años. Mejor cortarlo de raíz. Si no es de Dios, si no está alineado con Su voluntad, si la conciencia enciende la luz roja, detente. Aléjate. El corazón que te cuidas hoy es el mismo que duerme en paz mañana.
Mientras hablaba, mis propios miedos se aquietaban. Llevaba días orando, preguntando cómo alcanzar el corazón de estos jóvenes sin fastidiar, sin imponer, sin perder la ternura. Esa noche la respuesta llegó simple: testimonio vivo, la Palabra abierta, amor sin prisa. No se trataba de ganar un debate, sino de presentar a Jesús.
Más tarde, alguien me dijo: “Puedes estar seguro: ese chico nunca olvidará las palabras que le dijiste.” Guardé eso como promesa e intercesión. Y pienso más allá: ellos —todos— nunca lo olvidarán. Porque cuando el Evangelio toca, aunque parezca solo un soplo, deja una marca que el tiempo no borra.
La fogata se apagó, pero una brasa quedó encendida por dentro. Oro para que, al acostarse, hablen con Dios y lo encuentren. Oro para que mi hijo siga siendo luz entre sus amigos, y para que yo también permanezca listo para responder con mansedumbre y verdad. Al final, todo converge en una persona: Jesucristo —inocente— que pagó por todos nuestros pecados. Es por Él, para Él, y en Él donde la juventud encuentra un nuevo comienzo. Aleluya.
