Yo era recién casado y recién convertido. Empezando el seminario teológico, ganaba muy poco. La casa era sencilla, el barrio duro, y yo cargaba una sonrisa por fuera mientras, por dentro, dolía. Tantas cuentas, tantas dudas, y un cansancio que no combinaba con la esperanza que confesaba.
Una noche, en el grupo de oración, mi hermana oraba. Se acercó y, con la serenidad de quien reconoce la voz de Dios, me dijo que me veía como un soldado: armado, listo para la guerra, pero triste. “El Señor te muestra un camino largo”, dijo. “Recibirás muchas pedradas. Oirás muchas cosas que no te gustarán. Pero el Señor dice: no sueltes las piedras; llévalas. Con ellas puedes construir un muro. Y, dependiendo de cuántas cargues, podrás levantar un castillo.”

Aquello me atravesó como luz en amanecer nublado. Yo lo sabía: por dentro estaba triste. En el camino siempre hay piedras. Pero la Piedra Angular es Jesús; Él sostiene toda la construcción. Hombres mejores y mayores que yo ya recibieron pedradas de verdad, de las que hacen sangrar, no solo palabras duras. Aun así, siguieron. Yo también necesitaba seguir, por amor a Él.
Desde entonces, aprendí a no desperdiciar energía devolviendo ataques o discutiendo. La gente mira nuestra vida y comenta: “el ministerio se encogió”, “la iglesia ahora es pequeña”, “está solo”, “está abandonado”. Pero Dios es quien conoce mi camino, el ministerio que me confió y la manera en que quiere usarme. No tengo nada contra pastores mediáticos, de televisión, o iglesias enormes. Oro para que Dios los bendiga, multiplique sus recursos y que escriban grandes libros para edificar a muchos. Pero también sé que Él usa a los pequeños, las iglesias pequeñas, al misionero escondido en los vallados, enfrentando problemas y carencias. La mayor parte del tiempo, así se multiplicó y creció la Iglesia.
Si mi llamado no es para multitudes, está bien. Un alma ya vale el precio del cielo. Lo que importa es estar donde el Señor quiere. A veces me preguntan: “¿Cuántas almas has ganado para Jesús?” Respondo: creo que no gané a nadie. Yo anuncio el Evangelio; quien convence de pecado y de juicio es el Espíritu Santo. Él es quien gana. Yo solo hablo del amor de Dios.
Y cuando alguien dice: “solo una persona se convirtió”, recuerdo una ilustración: alguien predicó y alcanzó a una sola persona, y esa persona fue Billy Graham. Él alcanzaría a millones después, sobre la base de aquel mensaje. Es solo un ejemplo; no fue eso lo que pasó, pero apunta a una verdad: lo que hacemos hoy puede ser un trampolín para grandes cosas que aún no vemos.
Aquel día salí del grupo decidido a cargar piedras. Con cada crítica, una piedra al hombro. Con cada pérdida, una piedra al saco. Con cada noche sin dormir, otra más. No para herir a nadie, sino para construir. Descubrí que, cuando las deposito sobre la Piedra Angular, Cristo, se alinean, encuentran encaje y se vuelven muro. Y cuando persevero, lo que parecía solo un muro de protección comienza a ganar ventanas, torres, abrigo: un castillo de testimonio. Gloria a Dios.
Alguien, con humor y seriedad, lo resumió: “Por ahora, he ganado mi propia alma. Pero si me descuido, la puedo perder.” Esa frase me vigila. Antes de contar piedras y muros, debo guardar mi propia alma. Por eso sigo: menos respuestas a las pedradas, más pasos hacia la cruz. Menos ansiedad por medidas humanas, más obediencia silenciosa. Donde Él me ponga —en una gran plataforma o en un callejón olvidado— allí quiero estar entero.
Si hoy estás triste, con poco dinero, en una casa sencilla, sintiéndote como un soldado listo y, al mismo tiempo, cansado, recibe esto: las pedradas vendrán, pero no son el fin. No desperdicies el dolor. Cárgalo. Llévalo a los pies de Jesús. Sobre Él, todo encuentra su lugar. Y, piedra sobre piedra, el Señor hará de tu historia más que un muro de supervivencia: podrá levantar un castillo para Su gloria.
